Cold Palmer
Fue de menos a más al igual que el Chelsea, pero se destapó en el momento justo igual que hizo ante el Betis. El ex Manchester City ha sido vital para el histórico triunfo de su equipo ante el PSG
Se suele decir que una final no es para cualquiera y eso lo ha demostrado en plenitud Cole Jermaine Palmer. El oriundo de Manchester (06 de mayo del 2002) ya había sido vital hacia un par de meses, cuando el Chelsea había comenzado perdiendo en la final de Conference League ante el Betis y no encontraba el camino hacia el gol. Primero le metió un centro preciso desde la derecha a Enzo Fernández, que de cabeza igualaba el encuentro a los 65. Y cinco minutos después y sobre la misma banda tuvo tiempo de pisarla con un marcador encima, girarse y enviarle un pase a la cabeza de Nico Jackson para dar vuelta una historia que finalmente terminaría favoreciendo a los Blues 4-1. Aquellos fueron los únicos centros que envió en todo el cotejo. No hizo falta más.
En el Mundial de Clubes de la FIFA había empezado de forma tímida, teniendo una fase de grupos apenas aceptable (de hecho, ni siquiera jugó ante el Esperance Tunis). Pero a partir de octavos, ante el Benfica, se transformó en ese jugador que todos esperaban ver. Primero fue vital en el tiempo suplementario ante el equipo luso, moviendo los hilos del equipo junto a Enzo para terminar por destruir el sueño de Di María y Otamendi en un segundo tiempo demoledor. Luego derrotó a Weverton con un gran remate para abrir el marcador ante el Palmeiras en cuartos y ante el Fluminense no erró ninguno de los 27 pases que intentó durante los 90 minutos. Cuando Palmer decidió mostrar todo su juego el Chelsea se transformó en otro equipo y fue en la final donde lo dejó en evidencia.
A los 7 minutos amagó con clavarla en un ángulo luego de una jugada colectiva llena de toques más digna de su ex equipo que de éste Chelsea de Maresca. Pero a los 22 Malo Gusto tuvo el buen tino de verlo llegar por el medio del área y ahora si, con total frialdad, recibió la pelota, la acomodó para su zurda y la colocó abajo a la derecha de un Donnarumma que voló pero no llegó nunca. Y ocho minutos después realizó el mismo gol, aunque esta vez partiendo desde la derecha antes de buscar el centro para tener una mejor opción.
El mundo estaba en shock: el PSG, el gran favorito, el que había goleado a ambos clubes de Madrid ahora estaba abajo 0-2 y no sabía que hacer. Pero eso no era todo: a los 43 volvió a convertirse en el director de orquesta, manejando la pelota a placer hasta encontrar nuevamente ese lugar querido (el centro de la cancha, siempre partiendo desde la derecha, como si estuviera disfrazado de un tal Lionel Messi), desde donde envió un pase entre medio de dos rivales que encontró a Joao Pedro, quién definió de manera soberbia ante el portero italiano para el 3-0.
Después el Chelsea se dedicó a aguantar los embates de un PSG que se topó con un héroe inesperado (el arquero Robert Sánchez) y que tuvo en Palmer esa mente fría tan necesaria para pensar en lugar de dejarse llevar por el momento de su rival. Ni siquiera se inmutó cuando el duelo se transformó más en una batalla de Copa Libertadores que en un encuentro del Mundial (porque si, al final las tanganas pasan en todos lados, no solo en nuestras tierras). Los minutos pasaron y finalmente el australiano Alireza Faghani pitó el final para decretar el histórico triunfo de los Blues, que tuvieron un sprint final de temporada magnifico y que se selló con este nuevo título, el más importante de todos.
Para Palmer el certamen también fue una reivindicación. El 10, que festeja sus goles como si tuviese frio en honor a su amigo Morgan Rogers, había tenido que marcharse del club de sus amores, el Manchester City, debido a no tener lugar. Él sentía que su carrera se estaba estancando, aunque no quería marcharse de su casa. Para Palmer era o irse a otro conjunto de forma definitiva o que Guardiola le diera una oportunidad de mostrarse, pero no quería empezar a irse a préstamo, boyar de equipo en equipo sin tener un rumbo fijo.
Entonces apareció en su vida el Chelsea, que lo fue convenciendo hasta terminar de pagar por él 54 millones de dólares. Para Palmer, sin embargo, todo fue frío, triste. Nadie pasó a despedirlo, no hubo conferencia de prensa, nada. Apenas unos mensajes de texto y a otra cosa. No era un adiós conveniente para un hombre surgido en la cantera Citizen, aunque había sido hincha confeso del United cuando era pequeño. Sin embargo, era el paso necesario que tenía que dar la joya inglesa, ya que con Guardiola apenas pudo jugar 41 partidos en cuatro años.
Cole, que también pudo haber elegido jugar para la selección caribeña de San Cristobal y Nieves -ya que su padre emigró de allí en los 60s-, apostó por el cambio y triunfó, ya que en Londres volvió a sentirse como en casa. En las últimas dos campañas encontró regularidad y eso también le permitió empezar a meterse de lleno en la convocatoria de la selección inglesa.
El Mundial de Clubes solo fue una reafirmación de que su camino es el correcto. Jugador exquisito, pasador de vieja escuela y ahora también goleador, Palmer demostró que el que se había equivocado fue Guardiola, que en su equipo necesitaba un jugador de su clase y mentalidad. El de Manchester, ahora, podrá disfrutar de un merecido descanso, con la Conference en un lado, el Mundial en el otro y mirando también su premio como Mejor Jugador del campeonato de la FIFA.
Y con energías renovadas apuntará a seguir haciendo historia junto con su Chelsea, ya que ahora tendrá la Champions como objetivo principal, aunque también buscará ser el líder de una Inglaterra que, de clasificar (juegan ante Serbia, Albania, Letonia y Andorra en las eliminatorias), viajará a Norteamérica para cortar su histórica racha sin títulos desde 1966. ¿Hasta adonde llegará el hombre que puede congelar incluso al rival más pintado?
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