¡Arco, Maxi!
El gol de Maxi Rodríguez que marcó el inicio de una rivalidad
El panorama venía complicado pero eso, a esas alturas, no era ninguna novedad. Antes de enfrentarse en los octavos de final del Mundial, los últimos duelos entre la Argentina y México habían sido muy cerrados: el Tri ganando 1-0 en la fase de grupos de la Copa América 2004 y la Albiceleste vengándose un año después en las semifinales de la Copa Confederaciones (aunque allí la victoria llegó apenas por penales) eran los resultados oficiales más recientes. En ese entonces no se hablaba de rivalidad, ya que no existía un registro previo que sustentase todo lo que vino después. Pero solo se necesitó de un momento (¡y qué momento!) para desatar la tormenta.
Cuando llegó el minuto 8 del suplementario, el encuentro marcaba una igualdad no solo en el marcador (1-1 con goles tempraneros de Márquez y Crespo), sino en el desarrollo mismo. A la Argentina de José Pékerman —esa que por momentos parecía un ballet— le costaba atravesar la red defensiva impuesta por Ricardo La Volpe, el único de los allí presentes que sabía cuánto pesaba una Copa del Mundo.
Pero no es que los norteamericanos se hubieran dedicado únicamente a resistir. Aquella era una escuadra que contaba con nombres de muy buen pie, como Pavel Pardo, Jared Borgetti o Andrés Guardado. Y por si eso fuera poco, en la zaga central contaban con Rafa Márquez, el Mariscal, posiblemente uno de los mejores defensores de su generación. El enorme poderío ofensivo de los sudamericano (Crespo, Tévez, Messi, Aimar, Saviola y Maxi Rodríguez, todos comandados por Riquelme) no podía desplegar su juego y el nerviosismo crecía en Leipzig. ¿Habría penales otra vez?
Para los neutrales, aquel juego de ajedrez era un partido sensacional, pues ninguno de los dos cedía en sus intenciones. Ambas eran escuadras curtidas en mil batallas, con 27 años de promedio en sus once iniciales y varios jugadores con uno o dos mundiales encima. Es por eso que, en lo profundo, todos sabían que fallar una sola vez podía resultar fatal. Lo que nadie esperó fue que aquel encuentro terminara por decidirse con una jugada muy por encima del nivel que se estaba viviendo.
El relato definitivo comenzó a los 97 minutos, con Lionel Scaloni recuperando una pelota en campo propio y tocando para Rodríguez, quien se la cedió a Ayala para luego dársela a Messi. En aquellos años, Leo era una joven promesa y no la figura de todos los tiempos que es hoy. La Pulga, con el 19 en la espalda, avanzó unos metros por la derecha y superó la mitad de la cancha, cerrándose hacia el medio para tocar con Riquelme, quien se la devolvió al instante. Marcado entre tres, Leo vio a Juampi Sorín en la otra banda; el lateral, con una rapidez mental digna de estudio, metió un pelotazo largo, larguísimo, que fue a parar al pecho de un Maxi que ya pisaba el área custodiada por Oswaldo Sánchez. Habían pasado, para entonces, apenas 20 segundos.
Cuesta comprender que el gol prácticamente inició y terminó con la misma persona, pero en dos puntas distintas. El hombre del Atlético de Madrid había iniciado la jugada tras la recuperación de Scaloni y se había ido "silbando bajito" por la derecha, casi como un espectador de su propio destino. Nadie notó cómo el mediocampista subía, casi caminando, hacia el área rival. Pero cuando los defensores mexicanos se percataron, ya era tarde: en la cabina de transmisión se escuchó a Carlos Bilardo gritar “¡Arco!” justo cuando Maxi la recibió. El 18 pareció haber escuchado la orden, porque su movimiento fue instintivo: pecho, acomodación y un zurdazo letal, imposible de atajar.
Todo el mundo se quedó sin voz aquella tarde en lo que alguna vez fue Alemania Oriental. El ex Newell’s ya le había convertido dos a Serbia y Montenegro en aquella inolvidable paliza por 6-0 y, curiosamente, aquella joya ante México sería también su último gol en Mundiales. O quizás no, porque podemos contar también una anotación que no figura en las estadísticas (sí, el fútbol no se puede medir solo con números), pero que vive en el corazón de todos los argentinos: él fue el hombre que, con su penal ante Países Bajos en 2014, nos llevó a una final mundialista tras 24 largos años. Su cuota goleadora podrá no haber sido la más extensa, pero terminó siendo la más oportuna.
Puedo decir, sin temor a equivocarme, que allí comenzó el encono casi irracional de los mexicanos hacia la Selección Argentina. A partir de ese zurdazo, nos terminamos convirtiendo para ellos en lo que Alemania significa para nosotros. Y eso no es poca cosa…
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Lo que me emociona escuchar a Bilardo gritar Arco! Jajaja que grande el doctor.